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Rebelión en la Granja
Por Jesús López Segura
¡SE SUPONE QUE ELLOS ERAN LOS
DEMÓCRATAS!
Los mexicanos les dimos la oportunidad de
gobernar dos veces el país a los panistas,
hartos de las prácticas típicamente priistas del
dedazo, la cargada, la operación tamal, el ratón
loco, las urnas embarazadas, el delfín
presidencial, y todo el catálogo ignominioso del
fraude y la delincuencia electoral con el que
cohabitamos alegremente durante 70 años.
Con tal de no volver a ver esas artimañas, hemos
soportado la torpeza monumental de Fox,
su inocultable corrupción y mal gusto -y hasta
el de su insufrible esposa-, así como la
elegante forma calderoniana de arrojarnos al
abismo de la inseguridad total.
Calderón
nos ha puesto a merced no sólo de los criminales
-organizados o no, de cuello blanco o negro-,
sino de la corrupción insoportable de los
aparatos presuntamente dispuestos a combatirlos.
Pero todo lo hemos engullido con estoicismo
asombroso por la ingenua esperanza de no volver
a ver jamás los rasgos de imposición
antidemocrática característicos de nuestra
dictadura perfecta, porque, suponíamos, los
panistas eran ajenos a ese expediente
fraudulento. ¡Eran los demócratas más puros y
coherentes!
Pero ahora resulta que Calderón trata de
imponer a su delfín no solamente resucitando,
sino llevando al extremo los más descarados
elementos de la vieja usanza priista,
superándolos con mucho, en forma por demás
evidente, sin despeinarse y hasta haciendo gala
de buen humor en sus inverosímiles lecciones
cotidianas sobre su autodenominado "heroico
combate al crimen".
Si gana este domingo Corderín -ese
personaje de tira cómica entre Mr. Bean y
el Inspector Clouseau- contra todos los
pronósticos políticos, históricos, estadísticos
y hasta aritméticos, Calderón estaría
dando sustento pleno a la maledicencia que
cuestiona su propio triunfo sobre López
Obrador hace 5 años.
"¿Qué necesitaría Cordero para ganar?",
pregunta Leo Zuckermann en su columna del
Excélsior y responde:
"Si lo logra, habrá demostrado una capacidad de
operación electoral que ni el mismísimo
Manuel El Meme Garza hubiera soñado".
Y los vampiros de la democracia habrían sido
sólo superados por los licántropos, el mismo
monstruo, pero revolcado, concluimos nosotros.
En suma: la proclividad al fraude electoral no
parece ser exclusiva del priismo, sino de todas
las militancias -hasta de la izquierda-. La
diferencia entre los partidos estaría radicada,
entonces, no en su pulcritud democrática
-absolutamente inexistente con todo y los
inútiles y costosos aparatos "ciudadanizados"-
sino en la forma de ejercer el poder, adquirido
ya sea por las buenas o por las malas, "haiga
sido como haiga sido". ¿No cree usted?

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